Dos horas había estado explicando Carlos el significado de ser un buzo, lo importante que es el respeto hacia el mar y todo lo que en el permanece. Las técnicas y los conceptos básicos para realizar una inmersión segura, pasaron a un segundo plano, ante las dulces palabras, mimadas como un pequeño niño, que salían de labios del instructor para concienciar las ávidas mentes de los alumnos, sobre la inmensidad y la importancia del fondo marino.
-Toda la vida proviene del agua. Todos somos hijos del mar. Así, cuando volvemos a él, nos sentimos rodeados de agua, como en el vientre materno-
Palabras como descompresión, bares, inmersión, Kalumet… se quedaban pequeñas en comparación con la experiencia que a todas luces parecía que iban a vivir.
Un sol de justicia, golpeaba ya en sus espaldas cuando Carlos decidió concederles una práctica en la cercana playa junto al embarcadero. En la orilla, mientras las olas acariciaban sutilmente la arena, un dicharachero y bonachón buceador, se acercó para enseñarles, ya dentro del agua, los preceptos básicos de la inmersión.
Jose -que no José, para eso era madrileño y castizo él- de personalidad más alegre y dicharachera que Carlos, y armado con paciencia infinita ante los cuatro berracos maños contra los que le tocó bregar, comenzó a enseñarles a relajarse en el agua. Maniobras como “El despistado” (Mantener la repiración bajo el agua con la nariz descubierta) o el vaciado de las gafas, se mezclaban contínuamente con chistes de lo más típicos dentro de la escuadra y que hicieron las delicias del instructor.
Una vez duchados, y a la espera de que los dos miembros ya licenciados de la escuadra, se decidieran a volver de su inmersión, unas raciones en el bar del puerto servian para aliviar definitivamente las tensiones y los nervios de la mañana. Comentaban detalles de las clases y se aconsejaban unos a otros sobre los procedimientos a seguir durante las prácticas en la playa. Unos minutos después, César y Fernando aparecían preparados ya para dar buena cuenta de la comida junto al resto. Croquetas de bacalao y jamón, morcilla, salchichas, sepia encebollada… se sucedieron los platos durante una hora, tras la cual el sopor se adueño de los pequeños aprendices de buceador.
La tarde comenzó como la mañana había terminado, con un chapuzón. La práctica siguió con las mismas técnicas que ya habían probado, y los chistes evolucionaron conforme las mujeres de la orilla cambiaban su posición al sol ;P
Un rato más tarde y como sería habitual en los próximos dias, subieron para terminar a última hora con una teórica suave impartida de nuevo por Carlos, hasta las nueve y media, hora en la que el sol se ocultaba, y excusa perfecta para tomar una última cerveza antes de ir al camping a cenar.
Bajo la luz de las estrellas, y tras cenar menos copiosamente de lo que hubieran querido, Fernando, Javi, Willy y Quique se decidieron a bajar a la playa, al chiringuito con música en directo que habían podido escuchar la noche anterior y darle una oportunidad a Cupido con alguna lugareña, mientras tomaban un combinado en la arena. César y Goncho por su parte, decidieron quedarse a descansar y guardar fuerzas para el siguiente dia, que prometía ser cuando menos igual de interesante que el anterior.
El gallo podría haberles despertado a la mañana siguiente, si no hubiera sido porque César madrugó más y se dedico a llamar a todos algo así como “Señoritas malcriadas”. Minutos después, marchában todos de nuevo camino de La Azohía para un nuevo día de estudio y práctica playero, no sin antes detenerse a desayunar en “El Dieguito”, café y tostadas -o cocacola light y patatas con allioli en el caso de César-come-de-todo-.
Una sorpresa les esperaba al llegar a Cabo Tiñoso. Un nuevo alumno que haría cambiar sus vidas para siempre…




