El Castillo Ambulante

26 Agosto 2008

Los “Secuestros express” proliferan en la piel de toro

Archivado en: Uncategorized — Goncho @ 2:49 pm

Y es que yo sufrí uno en mis propias carnes el viernes. Pasé un miedo aterrador. Y la historia dice así:

El viernes me encontraba en mi casa nueva -diría limpiando y acomodando cosas, pero estaba tumbado en el sofá- cuando de repente sonó dos veces el timbre de la puerta.

Despacio me incorporé del sillón, frotándome los ojos y hablando no demasiado bien del cuerpo al que iba pegado el dedo que me estaba tocando… el timbre.

-¿Si?- Pregunté quizá un tanto adormilado.

-Somos tu peor pesadilla ¡Jijijiji! ¡Abre!-

Quizá por lo imperativo de la voz me vi obligado a pulsar el boton de apertura. La curiosidad me hizo abrir la puerta y mientras observaba como las sombras que ascendían por la escalera se multiplicaban y engrandecían, el terror ya había atenazado todo mi cuerpo. La horda había conseguido entrar y yo les había abierto la puerta.

Una marabunta de gente de aspecto de lo más variopinto penetró en lo que era el santuario de mi hogar, y colocando un papel frente a mis ojos tan sólo dijeron: “Firma”

Una nota en la que daba mi consentimiento para ser utilizado en multitud de experimentos que ni siquiera mi imaginativa psique se atrevía a mostrar. Su brutalidad era tal que llegaron a despojarme de la ropa y me hicieron poner otra más acorde con sus propósitos.

Empujado sobre mi propio sofá me colocaron una capucha en la cabeza y una vez aislado visualmente del mundo, procedieron a tomar fotos de mi lamentable estado y a mandarlas a mi familia probablemente para pedir un rescate. (OffTopic: Esto no estaba previsto, fue idea mia, jejeje.)

Engrilletado, y ciego. Así me encontré el viernes por la tarde, en un coche con dirección a ninguna parte y con el terror como único compañero de viaje.

Mis captores pararon en varias ocasiones, intercambiaron conductores -supongo que para distraerme- y tras lo que a mi me parecieron horas, nos detuvimos definitivamente y me hicieron salir del vehículo.

Me dejaron solo. Aislado. Dándome órdenes mediante un aparato de radio vetusto, del que prácticamente sólo escuchaba la estática. Rieron a mi costa durante todo el tiempo que duró la prueba, hasta que llegados a un punto, me agarraron por los brazos y me llevaron ellos mismos a un punto determinado con antelación, y que significaría el fin.

Mis pies estaban apoyados ínfimamente sobre la roca. Sabía que el vacío se extendía ante mi, con esa sensación de quien está asomado en la ventana y cierra los ojos sabiendo que bajo él no hay nada.

Esa noche no pensaban devolverme a mi casa. No pretendían pedir ningun rescate.

Pretendían hacerme pasar el mejor fin de semana de mi vida, y lo consiguieron.

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