(Advertencia previa: puede que la narración de hoy esté ligeramente exagerada, para darle una mayor intensidad al texto. Conmprendedlo, si no lo hiciera así, tendría poca gracia.)
Hoy si. Hoy era el gran dia.
Recogieron las tiendas velozmente, guardando todo en los coches dispuestos a salir tempranamente hacia Cabo tiñoso. Un último vistazo al camping, que decía más “hasta luego” que “adiós”, fue suficiente para terminar con una estancia de cuatro incómodas aunque placenteras noches.
Los motores de los vehículos ronroneaban en cada una de las curvas del camino, mientras pasaban junto a los bares recién abiertos del paseo de Isla Plana y La Azohía. Dejaban atrás “El Dieguito”, refugio de cada desayuno de los dias anteriores, y prosiguieron hasta la playa desde donde pretendían embarcarse en la última de las gestas tendeñeras.
El frenetismo previo a una inmersión, preparando cada uno de los equipos y comprobando los detalles, sólo podía ser comparado com la alegría de los cuatro novatos ante el reto que llevaban dias esperando.
Los binomios Willy – Javi, Quique – Gon, repasaban juntos por última vez señas y gestos que podían necesitar bajo el agua. El remolque ya estaba cargado con las botellas, plomos, equipos ligeros y los neoprenos colocados. Tan sólo restaba embarcarse ya para realizar la primera inmersión a profundidad de sus vidas. Por su parte, César y Fer, mucho más tranquilos siendo ya veteranos en estas lides, pasaban junto a sus amigos, alentando y tranquilizando con cada palabra, ayudando ante cualquier dificultad.
El mar presentaba calma total, mientras la lancha se deslizaba suevamente al salir del puerto. Navegando junto a los acantilados del Cabo tiñoso, bajo la torre de vigía que preside el lateral de la bahía, los 12 tripulantes de la lancha disfrutan, cada uno a su manera, del pequeño trayecto hasta el cabo de inmersión. César, relajado, tumbado tranquilmente sobre la proa de la embarcación, saca fotos a todos. Fernando, junto a Goncho le comenta detalles del lugar en el que van a realizar la inmersión. A su lado Gah, con la melena al viento, la vista fija en un punto lejano y estable, por razones que sólamente él conoce, y gesto relajado. Willy, Javi y Quique, frente a ellos, aprovechan para reir a mandibula batiente, recordando lo comentarios y anécdotas de los dias anteriores junto a Jose y su hijo, que hoy les acompaña en la inmersión. Miguel, un tanto ajeno a las chanzas de los componentes de la Escuadra, aprovecha para dialogar con Carlos y “El Pirata” junto a la patrona de la embarcación.
Una pequeña cala cerrada al mar y sólo accesible por barco, era el destino elegido por Carlos para el descenso. Uno a uno empezando por Gah, fueron tirándose al agua sin los equipos. Tras el montaje que duró un buen rato y ya juntos por binomios, comenzaron el descenso Javi y Willy por el cabo de anclaje del barco. Ya entonces Goncho notaba un peso excesivo, que ni con el Jacket hinchado le permitía permanecer a flote. En un principio todo fue achacado a su inexperiencia y jose dio la señal para bajar.
El agua ya les envolvía por completo, situados a unos cuatro metros. Quique bajaba con soltura, compensando cada poco tiempo y dando el “OK”, pero Goncho no. Durante minutos que parecieron horas, los oidos dolían como agujas al rojo penetrando el tímpano. segundos antes de abandonar la primera inmersión, Jose dio a Quique la orden de seguir bajando, al ver que uno de los componentes del binomio que componían Javi y Willy subía también.
Con las parejas rotas y ya en la superficie, Goncho y Javi ascendieron a la barca, lamentando el no poder seguir a los compañeros a las profundidades del mar.
La primera cabeza asomaba en la superficie después de veinte minutos. Gah, mareado, debía abandonar también la inmersión y al subir a la lancha. Vomitaba profusamente hasta la papilla elemental. Los demás ya subían también interesandose por los problemas de sus compañeros.
Carlos los miraba a uno y otro alternativamente, como un padre miraría a un hijo que le acabara de decepcionar.
- ¿Qué ha pasado chicos?
-Ninguno de los dos hemos podido compensar adecuadamente. Yo me hundía y he empezado a descender muy tenso y cansado. No me concentraba -. Replico Gonzalo.
-Pero lo vais a intentar de nuevo, ¿verdad?-.
Era una pregunta con la respuesta escrita desde el momento en el que ambos subieron a la lancha. Ninguno de los dos pensaba abandonar, ese no es el espiritu de la “Escuadra Tendeñera”.
Siempre adelante, sin reblar… (O “No paramos por nadie” depende de la situación)
Carlos miraba de arriba a abajo los plomos de Goncho.
-Ya sé por qué no te mantenía el chaleco a flote. Vas sobrecargado, llevas 16 kilos en lugar de 12. ¿Quién te dió este cinturon?-. Inquirió Carlos.
-Jose. Yo ni me paré a mirar cuanto llevaba-. Respondió Gon.
-Muy bien. Voy a quitarte el sobrante para que vayas más relajado-.
Pertrechados de nuevo en el agua y ahora junto al “Pirata”, los dos se aproximaron a las rocas, para realizar el descenso progresivo sin cabo, más tranquilo. Mientras, los demás realizaban su segunda inmersión.
El peso que habían quitado del cinturón se notaba. Más relajado, sin cansancio, Gonzalo no tuvo ningun problema en compensar. Javi por su parte, iba bajando junto a él y consiguió tras varios intentos desbloquear el tapón que le evitaba bajar con tranquilidad.
Ahora si notaban la relajación que proporciona flotar en el fondo marino. Las rocas ofrecía una vida inimaginable desde la superficie. Estrellas de mar, cangrejos, huevos de sepia, peces de mil tonalidades… Cualquier descripción resulta insuficiente para explicar lo que bajo el agua se vive durante una inmersión.
Tras la parada de seguridad, ambos emergieron radiantes -Goncho algo mareado-, tras haber completado el curso. Una vez en la lancha ya con todos los compañeros, Carlos preguntó a Jose si todo había ido bien. Con un gesto más que convincente y unas pocas palabras, el mentor quedó contento y se volvió sonriente hacia sus dos alumnos más tardanos.
-¿Todo bien?-. Dijo levantando su mano, uniendo indice y pulgar en ese gesto característico de los buzos.
-Todo bien-. Respondieron al unísono Javi y Goncho repitiendo el gesto y sonriendo.
La paella de Dieguito, aunque tardana por causas ajenas a la voluntad de los comensales, culminó cuatro dias espectaculares, que ahora sí sabían que jamás iban a olvidar. La consolidación de la Escuadra Tendeñera con la incorporación del nuevo miembro, así como las confidencias y desvelos por culpa de los tigres que dormían junto a ellos en el camping, unieron a los, ahora ya, seis buzos más que nunca.
Y todo lo demás, quedará en la memoria y retina de los que allí fueron…